Un maravilloso libro homenaje a Don Leonardo Polo

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Don Leonardo Polo fue uno de mis mejores maestros. Recientemente se ha publicado un libro homenaje, titulado “Filósofo, maestro y amigo. 234 testimonios sobre Leonardo Polo“. Es un libro maravilloso que da cuenta de la fecundidad de una vida lograda.

A continuación, mi contribución a dicho homenaje:

 

Libro homenaje a Leonardo Polo

Conocí a Don Leonardo en 1983, cuando yo cursaba el COU. Rafael Corazón nos llevó a varios de sus alumnos de Gaztelueta a visitar la Universidad de Navarra para asistir a las Jornadas Filosóficas. Recuerdo que tuvimos una tertulia con Don Leonardo en el Colegio Mayor Belagua. Meses después inicié la carrera de filosofía en esa universidad.

En la carrera fue mi profesor en varias asignaturas: medio curso de psicología en segundo de carrera; curso completo de Teoría del Conocimiento, en cuarto de carrera, y de Filosofía Contemporánea en el quinto. Creo que de toda la carrera, los temas que me resultaban más fáciles eran los que él exponía. No creo que por mi capacidad sino por la claridad y orden lógico de su exposición: una cosa llevaba naturalmente a la otra, de modo que a mi personalmente me resultaba más fácil asimilar sus enseñanzas. Esto ocurría con sus clases; por desgracia no puedo decir lo mismo con sus libros.

Se tomaba en serio a sus alumnos. En una de las clases de Teoría del Conocimiento recuerdo que le pregunté algo así como ¿qué necesidad había de iluminar las operaciones? No recuerdo su respuesta en ese momento. Pero me sorprendí cuando la semana siguiente comenzó la clase dando respuesta a esa cuestión.

Años después volví a coincidir con él en Perú. Siempre se mostraba disponible. Le pedí que tuviera un coloquio con un grupito de amigos. Estuvo buen rato con nosotros con mucha generosidad. Permitió que le grabáramos.

Le vi por última vez cuando le visité en su casa acompañando a Juan Fernando Sellés.

Don Leonardo me dio una clase particular durante toda la mañana de un sábado. Estaba en mis últimos años de carrera y andaba bastante intrigado investigando y escribiendo sobre un tema que no viene al caso. Ya había preguntado a alguno de los sabios que estaban a mi alcance, con poco éxito. Así que un día a la salida de clase le pregunté a don Leonardo sobre la cuestión. En un rato me abrió varios mediterráneos que momentos antes ni siquiera sospechaba yo que existieran. El caso es que terminé leyéndome uno de sus libros. He de confesar que mi comprensión del libro fue casi nula, así que me dirigí a su despacho. Me dijo que en esos momentos andaba con no sé qué asunto sobre la causalidad trascendental y que si no era urgente podíamos dejar la conversación para otro día, de modo que quedamos el sábado siguiente en su despacho a las nueve de la mañana.

Yo llevaba varias páginas de preguntas, saqué varias más en blanco que puse sobre su mesa y empecé a disparar preguntas y repreguntas, tomando nota de lo que me iba diciendo. Estuvimos así hasta la una más o menos. Él ya era entonces un veterano profesor y ¡dedicó toda la mañana de un sábado a un pobre estudiante como yo! No sé dónde estarán los apuntes de aquella clase particular de lujo, pero sí recuerdo dos cosas de las que conversamos.

Leonardo Polo niega que haya reflexión cognoscitiva. Otros colegas suyos de la misma facultad sí defendían dicha reflexión, y en la historia del pensamiento ni digamos. Pues bien en la conversación salió el tema de la reflexión. Él expuso algunas de sus razones. Yo insensatamente entusiasmado exclamé que cómo era negado algo tan claro: ahí estaba mi insensatez. Al escucharme me detuvo en seco y más o menos dijo lo siguiente, por supuesto que no es literal: «lo que yo propongo es eso, una propuesta. Hay gente que no está de acuerdo conmigo y con buenas razones para no estar de acuerdo conmigo[1]. De modo que tú lo que tienes que hacer es seguir investigando y de aquí a quince o veinte años ya te irás formando tu propia opinión al respecto»[2].

No le interesaba lo más mínimo hacerme «discípulo» suyo ni ganar un «adepto a su causa», no le interesaba lograr mi afiliación a su «teoría». Pero sí le importaba respetar exquisitamente mi persona y mi libertad intelectual[3]y animarme a caminar. Para él, «la medida de lo verdadero es la verdad misma, no filósofo alguno, llámese como se llame»[4]. Y me impartió quizá la mejor lección posible sobre respeto a la libertad de pensamiento: mejor que las que uno pueda leer en un libro, aunque las hay buenas. Sentí un profundísimo agradecimiento por el buen ejemplo que me transmitió.

Han pasado más de veinte años de aquella mañana y sigo sin tener una opinión formada sobre la reflexión; sospecho que depende de cómo se diga y cómo se entienda. Pero sí sigo recordando aquella enseñanza vital sobre algo más importante: el pensamiento cada quien tiene que ejercerlo por su cuenta y evitar el voluntarismo de forzar las cosas, y que la inteligencia se pronuncie sobre algo que aún no ve. El conocimiento es vida y es vida personal. No se trata de afiliarse a tal o cual escuela, ni de poner o ponerse “etiquetas”. La búsqueda es personal e intransferible y este es uno de los mensajes que he aprendido de don Leonardo.

El otro tema que recuerdo de aquella conversación fue algo que comentó sobre una cosa, que me pareció muy rara en ese momento, llamada «antropología trascendental». Yo le pregunté por qué no publicaba algo sobre ese tema. Y me vino a decir más o menos que «no estaba el horno para bollos» –tampoco esta frase es literal–.

[Por cierto acabo de publicar un libro, “Persona“, que intenta ser una introducción sencilla a esa mejor manera de comprender a ser humano que propone don Leonardo,

¿Qué es lo que más me llamo la atención, y lo que recuerdo indeleblemente, de Polo como profesor, colega, amigo, conocido…? Mi relación con él siempre fue la de un aprendiz con su maestro. ¡Un gran maestro!

No es fácil responder a esta pregunta, aparte de las anécdotas que he relatado. Lo veía como una persona que sí pensaba las cosas a fondo, que no se limitaba a contar “lo que se sabe” sino lo que él sabía. Lo veía como una persona que sabía mucho, y que era “original” aunque no parecía pretenderlo.

Se tomaba las clases en serio. Pensaba mientras explicaba. Era muy ordenado en sus exposiciones; muy lógico. Algunos disfrutábamos mucho escuchándole. Sí había otros alumnos que no lo disfrutaban, todo hay que decirlo, y a los cuales se les hacían largas las clases de don Leonardo. A mi se me hacían siempre cortas.

Su pensamiento me ha dejado una huella grande y profunda. Creo que es una de las personas que más me ha influido intelectualmente.

En mi tesis doctoral, le sigo mucho en su antropologia y teoria del conocimiento. Me ha ayudado a comprender mejor algunas de las realidades más importantes: la realidad, el conocimiento, … la persona humana.

Cuando terminé la carrera mi comprensión del ser humano se limitaba prácticamente al cuerpo y las facultades superiores. Años después, y con la ayuda de Juan Fernando Sellés, dicha visión se amplió al conocer su “antropologia trascendental”: la persona es más que su modo de ser o “esencia”. Para mi esto fue toda una revolución en mi pensamiento. Es como pasar de la noche al día. De ahí derivan muchas otras cosas.

Otra línea de influencia profunda es su teoría del conocimiento. En su curso de tercero de carrera nos explicó el contenido principal de los primerso tres libros de su obra sobre teoria del conocimiento. Después de entenderlo ya no se ven las cosas de la misma manera.

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[1]Son suyas las siguientes palabras: «Siempre que se pueda salvar algo de lo que los otros han pensado, se debe hacer… Ningún autor, o mejor, ningún sistema, tesis o teoría filosófica formulada debe ser interpretada peyorativamente, porque no le faltará algo de verdad, y es preciso rescatar lo que ella vislumbra. Por eso, siempre se debe tratar in melius: entenderlo mejorando. Si el autor no da más de sí, es menester, por lo menos, salvar lo que de verdad vislumbra… Y en vez de declarar que se ha equivocado, parece mejor seguir adelante» Polo Barrena, L. 1993c: Presente y Futuro del hombre. Madrid, Rialp, p. 173. Con ese mismo espíritu se realiza esta investigación.

[2]Es un buen ejemplo de ejercicio de un genuino liderazgo. Se preocupó más de lo que pasara conmigo que de ganar eventualmente un adepto o elogios…

[3]El importante neurólogo y psiquiatra vienes Víctor Frankl, fundador de la logoterapia, es también consciente de ello: «Todos sabemos –dice– que los discípulos son mucho más ortodoxos y dogmáticos que los propios maestros, y eso también me ha enseñado algo» y decía a seguidores suyos: «la logoterapia no existe, yo sólo he intentado poner los cimientos. Ahora les toca a ustedes construirla» y refiriéndose a una publicación sobre logoterapia en que participaron treinta autores, escribía en el prólogo que «cada uno de ellos aporta algo distinto, algo que, en cierto sentido, yo no estaría dispuesto a suscribir, pero tienen todo el derecho y absoluta libertad para hacerlo». Ver su excelente libro entrevista Frankl, V. 1982: En el principio era el sentido. Barcelona: Paidós, p. 14.

[4]Leonardo Polo siempre ha recomendado a quienes le siguen que no se limiten a repetirle. Ver Polo Barrena, L. 1999: Antropología trascendental, I: La persona humana. Barañáin: Eunsa, p. 12. Su gran aportación «es que su método de pensamiento da acogida y lugar –en relación a la verdad– a todo otro pensamiento humano, no estableciéndose a sí mismo como patrón de medida, sino como prosecución positiva o correctiva de los mismos hacia la verdad. La medida de lo verdadero es la verdad misma, no filósofo alguno, llámese como se llame» dice Falgueras Salinas, I. 1998: «Poliano / polista» Studia Poliana, 2, 193-211, p. 194

 

 

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