Fraudes, enseñanza de contabilidad y ética

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EL COMERCIO 19 de julio de 2002

Leo en The Wall Street Journal Americas (El Comercio, 17 de julio de 2002) que algunas universidades norteamericanas están introduciendo una nueva asignatura en las carreras de contabilidad, referida a temas tales como “el caso Enron”, “problemas de contabilidad”, etc. El objetivo de dichos cursos es —según dicen— enseñar a detectar si una empresa está manipulando sus resultados. Se examinaran las sociedades de propósitos especiales, los contratos de derivados, etc.

Puede haber varias razones para introducir estos nuevos cursos. Siempre hay varias razones para hacer algo (también para no hacerlo). El sagaz Chesterton decía: “en general, estoy menos interesado en lo que la gente hace que en por qué lo hace”. Y la ética tiene que ver, entre otras cosas, con la razón por la que se hace algo. Hablo de la ética genuina, no de otras variantes que suplantan el término, para terminar matando la ética.

Una razón para introducir estos cursos puede ser que el asunto está de moda. Desde luego que es una razón, aunque no creo que sea la mejor, al menos por lo que tiene de coyuntural, como toda moda.

Otra razon es que a los alumnos no les metan goles estando desprevenidos; que sepan detectar mejor los fraudes aunque sean sofisticados. Esa es una mejor razón para hacerlo. Un contador debería ser capaz de conocer cual es la verdad (es decir, la realidad) de la situación económica de una empresa, y no dejarse engañar por quienes quieren hacer ver lo que no hay (o que no se vea lo que hay). Apoyo esta razón para enseñar esas materias.

Pero una pésima razon para hacerlo, es pretender que ello ayudará a evitar fraudes contables en el futuro. Es pésima porque no logrará lo que se pretende. Cuanto mejor sepan los contadores detectar fraudes contables, en mejores condiciones estarán para realizar fraudes más difíciles de detectar, si así lo quisieran. Eso ocurre en contabilidad como en cualquier otra técnica. Cuanto mejor sepa un informático cómo detectar intrusos en su sistema, tanto mejor hacker sera, si quiere ser hacker.

Es ingenuo pensar que una enseñanza “técnica” contribuirá a un mejor comportamiento ético del que aprende esa técnica. Ya se trate de técnicas tan diversas como la contabilidad, las finanzas, la gasfiteria, o lo que sea.

La ética tiene que ver con la libertad, con el crecimiento de la libertad de quien actúa libremente y, cómo no, con las razones por las que se decide hacer algo o no hacerlo. La razón ética (sensata) para no tomar veneno es que es veneno. La razón inmoral (insensata) para no tomar veneno son otras: “huele mal”, “tiene un color feo”, “no me gusta”… Éstas, obviamente, son razones para no tomar un veneno, pero no son la razón sensata. Así lo entenderá cualquier padre de familia si escucha a su hijo decir que no toma ese líquido venenoso porque huele mal o no le gusta el color. No se quedará tranquilo mientras su hijo no sepa distinguir un veneno de una gaseosa y evite el veneno por la buena razón.

De igual modo, dos directivos pueden tomar la misma decisión de evitar cometer un fraude. Es mediocre quien no lo comete “porque no le provoca o tiene un color feo”, es decir, porque prodría terminar en la carcel. Es buen directivo, el que evita la injusticia simplemente porque no le da la gana cometerla; y tiene las agallas para afrontar las consecuencias.

La ética no es una técnica, y no se enseña como se enseñan las técnicas, aunque los profesores de cuestiones técnicas se hayan —si saben hacerlo— en una privilegiada posición para fomentar la ética; claro está, si así lo quieren.

De igual modo, no se evitan los fraudes simplemente incrementando los controles que restringen la libertad. Puede haber varias razones (buenas y malas) para incrementar los controles. Hacerlo para evitar la inmoralidad, es una razón totalitaria por muy maquillada que —como ciertas contabilidades— se presente.

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