Enron, Argentina y pérdida de confianza

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EL COMERCIO, 1 de febrero de 2002

Hemos sido espectadores de dos sucesos lamentables: Enron y Argentina. La caída del gigante Enron ha sido estrepitosa. Era la empresa energética más innovadora de los años noventa: rompió con el principio estratégico históricamente aceptado en el sector de la integración vertical de las diversas actividades y el control de los activos necesarios para generar y distribuir energía. Y se convirtió, en definitiva, en un banco que tomaba prestada y prestaba energía, sin generarla. Su caída se debe a muchos factores, pero uno llama la atención poderosamente: el deterioro, en cuestión de semanas, de la confianza de empleados, inversores y clientes en el futuro de la empresa. Perdida la confianza, ya no había nada salvable que pudiera ser salvado. Gozaba de una enorme confianza pero no supo conservarla.

El caso de Argentina es aún más doloroso. Es increíble que un país con tanto potencial pueda desmoronarse a ritmo de vértigo. Cuenta con una población muy bien formada, con unos recursos económicos ingentes, pero … su clase política, venía saltándose normas de comportamiento elementales.

En los 80, aún había directivos que consideraban que la calidad va en dirección contraria a la rentabilidad. Como la calidad cuesta, tendían a sacrificarla para reducir los costos. Sin embargo, aunque es verdad que la manera facilista de reducir costes es reducir la calidad, ya nadie pone en duda que es posible lograr ambas a la vez. De hecho, las empresas que no lograron ambas cosas a la vez, hace tiempo que dejaron de existir.

Actualmente, algunos siguen pensando que “en los negocios todo vale”, que “en la política todo vale”. Como la confianza no se ve reflejada en el balance, los escépticos y cínicos siguen ciegos para verla. Y la sacrifican, con tal de lograr utilidades, popularidad e intención de voto.

Olvidan que la confianza es el lubricante imprescindible en el funcionamiento de cualquier organización, sea empresarial o sea toda una nación. La calidad no cuesta. La confianza tampoco. Lo que cuesta carísimo es la pérdida de confianza: nada hay que compense su pérdida.

La confianza no aparece en los estados financieros, pero se percibe de forma inmediata. Se sabe cuando existe y se nota inmediatamente su ausencia: agravios, injusticia, abusos, incompetencia en el manejo del negocio, etc. Se puede forzar un motor sin lubricante, pero termina por romperse; lo mismo la organización donde se pierde la confianza, la unidad interna o externa. El diagnóstico es claro y el desenlace inevitable.

La confianza es el principal activo, pero no lo ofrecen los mercados financieros. Es fuente de sana influencia en los demás, pero no tiene nada que ver con el poder ni la retórica. No es suficiente, pero es lo que mantiene vivas las sociedades y las empresas. Se cultiva con paciencia, poco a poco, día a día, pero se puede perder inmediatamente.

¿Dónde se halla? Entre dos extremos: el mínimo, que nadie (desde el último vendedor reclutado hasta un alto gerente con años en la organización) se sienta tratado injustamente. El máximo: cuando todo lo posible es factible.

Para escarmentar en cabeza ajena y evitar que nos pase lo que a Enron o a Argentina, hay que revisar el estado de la confianza que sembramos con nuestras acciones, y omisiones. Con atención, porque su falta tiende a pasar desapercibida y sus costes tienen a ocultarse. Hay que fijarse bien e invertir en confianza. Es gratis, asequible a todos los bolsillos, y hace apasionante la tarea directiva. Lo contrario sale muy caro, no merece la pena.

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