Solo frente al poder. La hora de Tomás Moro

Estándar

Chiclayo, 1993

Padre de familia, escritor, erudito, abogado, relator del Consejo de Estado, juez, Gran Canciller del Reino de Inglaterra, Consejero de Enrique VIII, embajador…y condenado a muerte por el mismo Rey a quien sirvió con lealtad maciza.

Tomás Moro ocupa un lugar de excepción entre los Humanistas, cuya actividad intelectual dio origen en gran parte al nacimiento de una nueva era en la Civilización moderna.

Peter Berglar ha querido, con el título puesto a su fascinante biografía sobre Tomas Moro, expresar el momento concreto que su vida ocupó en la Historia. Pero “dichas palabras expresan también que ese momento tuvo algo de intemporal, un cierto carácter general; y que por eso su hora es también nuestra hora. Lo intemporal, general: eso es lo que se expresa con el subtítulo del libro: Solo frente al poder”.

Aquel estadista inglés vivió no solo en medio de una lucha entre intelectos, opiniones y movimientos; entró además en conflicto con el poder del Estado que se hizo presente en su vida en las figuras de Enrique VIII, de T. Cromwell y del aparato que les era dócil.

El problema en sus términos literales era el del divorcio, el segundo matrimonio del rey y —unido a ello— la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. Pero en realidad, se estaba gestando la emancipación del Estado, la desintegración del orden medieval, el nacimiento del concepto moderno de Nación y su independencia. Y se trataba, además, de la pretensión del poder estatal de exigir no solo una obediencia de hecho, sino también un asentimiento activo. Por primera vez no iba a ser suficiente tolerar las decisiones de la autoridad; se iba a exigir que esas decisiones se aprobaran de forma explícita y se iba a perseguir no solo la rebeldía sino también la actitud interior: la no-aprobación de la decisión del rey quedaba automáticamente equiparada a la rebelión.
En la cuna de la Europa moderna está, pues, la lucha para mantener el ámbito de libertad del individuo frente al poder organizado, que no siempre ni necesariamente se identifica con el “Estado”. Tomás Moro delimitó para su propia persona ese ámbito de libertad personal de forma muy modesta: su fe religiosa le impedía asentir al divorcio y a las segundas nupcias de Enrique, y a la segregación de la Inglaterra cristiana de la Iglesia Romana Universal y del Papa. Y su conciencia le prohibía actuar en contra de su fe, es decir, asentir aunque fuera por pura fórmula, prestando juramento a aquellas “leyes antidivinas”.

Esta diferenciación entre los dictados de la fe y los de la conciencia es muy importante y, sin embargo, con frecuencia no se ve con la necesaria claridad. El no poder asentir a la supremacía de Enrique VIII sobre la Iglesia, por ser una injusticia, no fue una decisión “en conciencia”; pero el actuar de acuerdo con la fe, el no dejarla de lado, eso sí que fue un acto de obediencia a la conciencia. Y por esa obediencia, que no estaba dispuesto a vender ni siquiera al precio de su vida, subió al patíbulo.

Todavía en nuestro mundo occidental el ámbito de libertad personal es incomparablemente mayor al de Tomás Moro. Pero sabemos que no es así en todas partes. Y también en las sociedades libres y abiertas, va creciendo la tendencia a uniformar las opiniones, al menos las que se expresan en público: que cada cual “crea” lo que quiera…pero debe decir lo que agrada. Las coacciones para uniformar las opiniones y el comportamiento, sin tomar en cuenta las convicciones interiores y la autenticidad de la persona, van aumentando en todo el mundo y adquieren un carácter no solo físico, sino también autoritario.

Muy bien podría llegar también para nosotros la hora en la que no solo se nos prohíba luchar por nuestras convicciones, sino que ni siquiera se nos permita callar y serles interiormente fieles. Es más: podría suceder que se nos forzara a hablar y actuar en contra de ellas.

Tomás estuvo “solo frente al poder”. Solo, no en cuanto a sus convicciones sino en cuanto a su obediencia a la conciencia. Y cualquiera de nosotros, en una situación similar, estaría tan solo como él. En primer lugar, porque la conciencia es algo exclusivamente personal, pero sobre todo porque son pocos los que obedecen a su conciencia.

Obedecer a la conciencia también implica, si las circunstancias lo exigen, ser capaces de un acto heroico de lealtad frente a una mayoría avasalladora, que piensa o decide de manera distinta. A pesar de ello, en el fondo del corazón, todo el mundo quisiera ser uno de “esos pocos”. El ser realmente capaz de ello depende, en último término, de la Gracia. Una Gracia a la que Moro correspondió con fidelidad; por eso, con la fuerza de su conciencia, fue capaz de no negar su fe, y, y con la fuerza de su fe, fue capaz de obedecer a su conciencia hasta la muerte.

Con esa “hora de Tomas Moro”, que nos afecta personalmente, nos estamos refiriendo no sólo a la hora de una última decisión a vida o muerte sino también a la ejemplaridad de este gran inglés. Fue ejemplar en su vida familiar, en el trato con sus hijos, en sus principios educativos, en su esmero profesional, en su flexibilidad intelectual para todo lo nuevo, en su respeto hacia lo probado, en sus virtudes humanas y, además, en su humor fino, agudo y bondadoso. Resumiendo: “La hora de Tomás Moro” se refiere también a la hora del amor a Dios y a los hombres. Y esa hora, en realidad, permanece siempre actual.

Deja un comentario