Policías en Av. Javier Prado (por Pablo Ferreiro)

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Los usuarios habituales de esa avenida, podemos dar testimonio del cambio de rol de la policía de tráfico en estos últimos tres o cuatro años: en primer lugar ha pasado de ser “ampayador” de infracciones, a ¡facilitador de la circulación!

Tomado de: http://comupoli.blogspot.com

¿Qué sería de nosotros si dependiéramos de los semáforos, especialmente en las horas punta? (he puesto especial cuidado en escribir todas las letras de esta última palabra, porque las teclas de mi subconsciente no son de fiar).

Debo reconocer que ha cambiado mi actitud con respecto a las mujeres que controlan el tránsito. Cuando aparecieron por primera vez pensaba que no serían capaces de reducir a la “bestia” en que nos convertimos, timón en mano, cuando encontramos la jaula abierta (por cierto que tampoco creía que los alemanes ordenaran nuestro aeropuerto, aunque nos llevaran de la nariz, cosa que han conseguido a costa de jalar de dicho apéndice, que supongo irá cediendo).

Mi admiración crece cada día, porque compruebo que no cede el empeño por aligerar la circulación, sea cual sea la hora, sin inmutarse por el  claxon impaciente y maleducado, de la “bestia” ya aludida. He hecho bastantes propósitos de moderar la que albergo y de proclamar las virtudes de estas heroínas anónimas (al menos para mí). Por lo menos voy a cumplir el segundo. Por cierto que no recuerdo haber leído ninguna alabanza a este trabajo cuya eficacia transcurre con tanta naturalidad. Me provocaría gritar ¡Gracias!, y como me faltan arrestos para hacerlo en la calle, recurro a modo de tranquilizante a este homenaje escrito, que seguramente ninguna de sus protagonistas va a leer. Ello, por cierto, me permite  seguir ensalzando su actitud: eso es genuino servicio, tanto mas cuanto mas eficiente resulta y no es posible elevar una felicitación porque no se sabe quien lo ha hecho.

Estamos acostumbrados a exaltar a los divos de los espectáculos, cuya importancia es proporcional a los atoros que producen en la calles que circundan a los “circos-escenarios”,  y a ponderar las cualidades de los que brillan (alguien me hizo notar que el brillo es una cualidad de superficie), en términos de ingresos, votos, rankings, best-sellers e influencias, y a ignorar a los fautores del milagro diario del orden y de la paz familiar, del buen ambiente profesional, de la seguridad vial, del aprendizaje en las aulas, de la calidad de atención en tantos servicios públicos o privados. Cada una de estas experiencias es de ámbito y repercusión distinta, pero contribuyen ¡y mucho! a lo que se denomina progreso, calidad de vida, civilidad. Es preciso abrir bien los ojos para descubrir al  hombre o mujer que hay  detrás de cada instancia del bienestar y del bienhacer y decirle bien fuerte: ¡vivan los hombros desconocidos que nos cargan cotidianamente sin que ni siquiera nos demos cuenta!

Una última reflexión, que debería ser la primera: ¿dónde se forma este personal? ¿cuánto dura su entrenamiento? ¿con qué profesorado cuentan? ¿qué textos utilizan? Si hubiera respuesta concreta, habría que copiarla rápidamente e implementarla en las empresas tanto públicas como privadas pues estas son las conductas y actitudes que todos los directivos buscan. Pero, a su vez, y sin desmerecer  el lugar académico de donde proceden, me parece que las conductas a las que nos referimos tienen otro origen: ¿será por ser mujeres? ¿será por su hogar? Mi  conclusión es que sí, y esto amerita una reflexión profunda: El ser varón o mujer nos viene dado, poco podemos hacer ahí, y en cuanto al hogar está en nuestras manos hacer mucho más para estabilizar y fortalecer la fuente mas barata y exitosa de valores, de ética y de virtudes. En el tejado de la familia de cada uno queda la pelota.

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